DESENCUENTROSENLATERCERAFASE Hay cosas que sólo me pueden pasar a mi, y porque soy tonto. Cuando me levanté ayer -fue día asfixiante como pocos- se me erectó el espíritu veraniego. Ni corto ni perezoso eché mano a mis pantalones blancos -los únicos que tengo al margen del uniforme sanferminero- y salí de mi casa como si agosto acabara de llegar a El Corte Inglés.
Todo fue bien por la mañana y mi ego crecía por momentos, comprobando a cada poco si el sol me había puesto un poco morenos los brazos. Después de comer con una amiga, el estío me catapultó a una nueva y sobreada terraza con vistas al parque donde apurar un café con hielos antes de volver al trabajo.
Oh mísero de mí: cuando iba a pasar el cafetito al vaso de los hielos, mis problemas psicomotrices vertieron el caldeado líquido por encima de mis pantalones blancos, todo, a la altura de una zona que no voy a comentar pero concentrando la mancha alrededor de mis, por decirlo fino, posaderas. Parecía cualquier cosa menos café...
Mientras mi amiga se dedicaba a descojonarse y a hacer fotos del estropicio con su cámara digital nueva, mi vergüenza, que ya había entrado en erupción, me recordó que no me daba tiempo a pasar por mi casa para cambiarme antes de ir al curro.
Tapando mi culo, una chaqueta de punto de mi amiga, que por cierto seguía haciendo fotos, y destino, la tienda más cercana. Allí me esperaban cientos de pantalones en perchas y la vergüenza de explicar a una dependienta estresada por trabajar al mediodía que me los iba a llevar puestos. La chica me puso buena cara, esforzándose por edulcorarme el amargo trago y yo sentí alivio hasta que me hizo el fatídico comentario: -Si te sirve de consuelo, no huele. -Puta, pensé