
Daba título a una canción, de allá lejos, de cuando
Alejandro Sanz tenía flequillo y calcetines blancos. De cuando era un ídolo de masas, pero de esas que todavía no conocían el término academia o confesionario. Pero hoy no me refiero a la canción. Ni al fenómeno fan. Hablo de una actitud bien distinta, aunque igual de fanática en muchos casos.
España se convulsiona, se divide y se parte. Todo a la vez. Y todo gracias a una misma persona, un trabajador, un
zapatero. Vaya por delante que no comparto ni un 10% de su programa electoral, pero es que de otros, no puedo compartir, ni con esfuerzo, un 0%.
Hoy me llegan noticias de un accidente de helicóptero, de un dedo que duele, y de una anonadada plaza de toros de Mostoles. Afortunadamente todos ilesos.
Yerra quien piensa que me alegro de la desgracia ajena porque no es así. Sólo espero que un susto de verdad, un problema real, sirva para abrir reflexiones sobre lo que verdaderamente importa. Y es que, acostumbrados ya al tono del estado de excepción, muchas veces no se discierne un legítimo ataque político de una llamada real de socorro. En fin, pensemos.
P.S. Gracias a dios, el helicóptero no se ha caido en Euskadi o Cataluña. Por si acaso.